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Alv McMartin: el alma de la música nos pertenece

El grupo murciano Alv McMartin visitó ayer La Casa Vieja en formato dueto con una música calmada, pero llena de buena energía y calidez

ASÍ PASÓEn portada

Escrito por:

Redacción: Jorge Coloma Puga | Fotografía: Paula Tárraga Sánchez 


Llevo años pensando en lo mucho que importa el silencio en la música. No el silencio del público, sino el vacío dentro de la propia melodía; el “dejar respirar a la canción“. Vivimos tiempos musicales hipersaturados de electricidad, coros y epicismo. Y tal vez por eso, algo tan simple como escuchar un piano tenue y una guitarra se vuelve gigantesco. Aunque no suela ser su fórmula, los murcianos Alv McMartin apostaron por este formato ayer, en La Casa Vieja. Dos músicos, un escenario y silencios a medias para todo el soul, jazz y beat que desprende la formación.

RESPETA A TUS MAYORES

“Si no les importa, comenzaremos con Georgia on My Mind, de Ray Charles”, susurra McMartin, cómodo frente a su teclado. Su piano es tan delicado que debería llevar un letrero de “frágil” encima.

No su voz, que oscila entre agudos y medios con la tranquilidad del veterano y el nerviosismo del novato. La eléctrica de Jules, el guitarrista, permanece en un segundo plano, dejando el foco para la emoción cristalina del vocal. Hay alma en el silencio de admiración que La Casa Vieja calla.

Después llega el turno de Masquerader, la canción que da nombre al LP homónimo que McMartin sacó en 2016. La delicadeza no se pierde, pero hay indicios de un ritmo más elemental, de un latido primario que llega con rapidez. Y se anuda con la más que perfecta pronunciación británica de McMartin, que fácilmente podría pasar por un rojizo local de Manchester.

Y pronto, la puntera de varias decenas de zapatos se coordinan para marcar el compás de un círculo apenas abierto. La música juega con el silencio, con la ausencia de necesitar “algo” que no necesita. Es como un beso: menos es más… para la imaginación.

El bolo sigue adelante sin aparente descanso, aumentando su viveza de forma estable. Shelter You es una energía de calma, una sinfonía encadenada por decisión propia a la tranquilidad. McMartin saca todo lo que tiene que ofrecer su voz, tan masculina en sus tonos roncos como femenina en sus cimas

Be Ready To Crawl convierte un blues divertido en un verso emocionante en el primer puente. Y como si no hubiese pasado nada, retoma lo cotidiano de su melodía al cruzarlo de vuelta.

Margen aparte de una interpretación que vive y hace suya, McMartin cae bien porque es un obseso de la música. La clase de persona que recitaría de carrera el nombre y apellidos de todos los arreglistas de un viejo vinilo. No lo hace, pero tampoco lo necesita: el amor que tiñe cada sílaba que destina a hablar de otro artista es un color inconfundible.

EL PODER DE TOMAR EL PODER

El bolo transita con tranqulidad para adquirir una fortaleza súbita con Take the Power. Aunque suene graciosa, las rimas hablan de lo contrario. Y de nuevo, la emoción contenida durante la canción cataliza en un estribillo que reluce todas las estrellas de McMartin.

Pero también hay espacio para la ansiedad en Monday in town. “Esta canción la compuse pensando en la angustia que tienen los niños pensando en el lunes por la mañana. Cuando serán maltratados por sus compañeros.. y profesores, a veces“, arrastra las palabras el cantante.

Es una balada de dolor, tan delicada como los temas iniciales, pero llena de oscuridad en su luz. La guitarra de Jules es sobrecogedoramente humilde, y conduce toda la emoción del cantante protagonizando una historia en segundo plano.

McMartin interrumpe el espacio entre canción y canción. “Este año es, o sería, el 70 cumpleaños de Tom Waits y Bruce Springsteen”, anuncia. “Por eso quería presentar a Lucas…que ha venido desde Yeste a ayudarnos con No Surrender“, anticipa la versión de Springsteen.

De nuevo, es la fuerza de la voz y la delicadeza de la música. La guitarra de Lucas añade gotas de calor a una canción que invita a un atardecer, a un beso, a unas palabras sinceras.

McMartin decide qué el y el piano son el ejército de un solo hombre que la siguiente canción precisa. “Para muchos de nosotros, ha significado… tanto”, susurra mientras las primeras notas de Thunder Road caen en oídos abiertos. Pero esta carretera solo necesita un trueno: la garganta de McMartin. Es genial verle destrozarse, la frente rojiza, las venas marcadas; la expresión calmada en su rabia y clímax.

Y desde ahí, el concierto entra en su tramo final con una oda a la melancolía. La versión de Ol’ 55, de Tom Waits, huele a ese sonido de tristeza americana, de despedida infinita, de un último beso. The Gambler Song patea los adoquines de Birmingham con un cigarrilo sin filtro. “Ójala este tema apareciese en Peaky Blinders“, bromea el cantante.

Y apenas temas después, McMartin y Jules cierran un concierto que da un calor especial a un domingo frío en Albacete. Porque durante unas horas, La Casa Vieja se convirtió en un garito sureño de Norteamérica, en un pub underground británico. En un lugar donde hay dos hombres y dos instrumentos incitando a disfrutar de cada nota y cada segundo. Es el poder del silencio en la música, el del público y el de los artistas. Una canción no necesita orquesta si puedes llenarla con la admiración de varias decenas de ojos, con el tamborileo de sus rodillas. Con la idea de amar a la música por encima de todas las cosas.

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