Cándida: un tango entre folclore y vanguardia

La formación Cándida, que recitó el pasado sábado en La Casa Vieja, guarda y gasta las distancias en un baile continuo con la fusión musical

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El baile entre pasado y futuro implica movimientos complejos. Hay que respetar mucho los pasos hacia atrás para no tropezar, y leer los segundos para moverse hacia delante. El pasado sábado, la formación valenciana Cándida marcó su propio compás en La Casa Vieja. Fue un recital de folclore europeo y latino, de guitarras europeas y baterías criollas fusionadas. Cándida funciona a base de experimentar de forma continua: su vanguardia no es una estrategia, sino un sello de distinción.

DE CASTA LE VIENE…

Cándida se introduce sin rodeos ante el público con una atmosférica y flamenca introducción. El tema lleva varias firmas, aunque sobresalen el punteo de su guitarra, el uso de las maracas y la precisa batería. Pero lo sorprendente yace en la cantidad de cambios de ritmo marcados y rápidos; acentuados por el canto tribal de Candi Imbernón, la vocalista.

Mas tarde, hablaré con Juan Barcala, guitarrista de Cándida, sobre el nacimiento del grupo. “El grupo nace a partir de ella, de Candi. Ha girado durante más de diez años tocando tango puro y duro, participando en festivales, etc. Ambos somos músicos y pareja, y decidimos crear algo fusionando toda su tradición musical con la experimentación”, relata Juan.

No soy un arbolito frutal, yo soy un arbolito fatal, canta Cándida en el siguiente tema. Su tango musical está muy presente: los diversos cambios de ritmo a lo largo del tema acentúan una tensión suave y una distensión como la seda. Cándida cambia el ritmo y la atmósfera, pero de forma tan sutil que lleva un par de segundos procesarlo.

De hecho, me sorprende saber que la vocalista es valenciana. La cantidad de acentos y seseos me habían dirigido hacia Latinoamérica, pero Juan me trae de vuelta sobre mis pasos. “Ten en cuenta la experiencia y los países y géneros que ha oído. Ella misma dice que no podría cantar en un castellano neutro, que le es imposible“, ríe Barcala.

Y de ahí, Cándida se sumerge en una batería de puro rap, de sampler crujiendo a Nueva York en 1990. La caja y el share bailan en la delgada línea que separa la perfección de volumen y la distorsión. Pero la canción no huele a hip hop: pasa de la intensidad de la música negra a una balada, y de ahí a algo mezclado con blues. Hay fuerza durante los puentes; suavidad y sensualidad en el estribillo.

“No siempre fue así”, señala el guitarrista. “Durante el primer disco, ‘Mil Perdones‘, continuamos con la línea de esa herencia tanguera de la que hablaba. De hecho”, cuenta Juan como un secreto, “yo hice los arreglos con el pianista, y el hombre no había visto una batería en su vida“, ríe.

Fotografía: Cándida

Y sin que apenas pase nada, el grupo cambia a un sonido triste, a un tema de cantautor. Es una guitarra de añoranza marinada, con una letra que echa de menos más de lo que debería. Y en menos de cuatro compases, la canción adquiere una luz que duele. 

Oscila, como un péndulo, bajo el foco de quien por fin logra verse a sí mismo con lucidez, con una incómoda satisfacción. Y de nuevo, a una presencia que adquiere presencia súbita, que siempre estuvo oculta en los compases. Eres persona independiente, pero el amor es dependiente.

AMORES PERROS

Candi es genial sobre el escenario. El punto justo entre timidez y extroversión, entre rareza y cotidianidad. “Ahí va una canción donde la gente puede pensar que es de amor, pero va de que mi hijo se constipo“, ríe antes de entrar.

Se pueden esperar muchas cosas sobre un constipado infantil, pero no ese aura a storytelling de novela psicológica. Le acompaña un sonido de balada triste, un vástago del rock con ascendencia mestiza. Recién horneado desde un garito de Nueva Orleans entre silencios de humo.

Hay mucha versatilidad en el sonido de Cándida. Folclore popular y música general bailan sobre la partitura, a milímetros y años luz según las ganas de provocarse mutuamente. “La idea es ir avanzando siempre”, afirma rotundamente Juan. “La música es jugar, y es aburrido hacerlo siempre bajo las mismas reglas. Intentamos avanzar en ‘Arbolito Brutal‘, y creo que ‘Galgos o Podencos‘ supone establecernos en eso, en la fusión”.

También hay espacio para la reivindicación dentro de la música de Cándida. “Esta canción es un homenaje al día de ayer, y no hace falta decir nada más“, dice Candi el 9 de marzo.

Esclavas habla sobre lo que implica ser mujer desde una multitud de puntos de vista, y la guitarra juega a seguir esos puntos. Hay tantos géneros sumergidos dentro del mismo tema que se tardaría menos en contar qué corrientes no han usado.

Pancho Montañez, el batería del grupo, también es un elemento muy a tener en cuenta. Es el permiso que Cándida necesita en cada fin de acorde para bailar con zapatos nuevos. “Es una locura”, dice Juan. “Es la horma de nuestro zapato. Necesitábamos un batería como él, capaz de hundirse en cualquier tipo de ritmo para coger aire en el opuesto“.

No queda claro si Cándida son galgos o podencos, pero esa pregunta tampoco necesita respuesta. Hablamos de un grupo cuyo sonido es genuinamente único. De una formación que juega a bailar entre sus raíces y sus flores… mientras hace espirales con los tallos.

Cándida abusa de sus recursos sin aburrir, porque sus recursos terminan donde lo hace su imaginación. Y no tienen miedo a experimentar porque saben que la música es eso. Un juego, una nota desafinada pero a punto, un soplido en el metal. Reconocen que las tradiciones se establecieron a base de romper los cánones anteriores. Y si a veces no rompen totalmente con eso, lo que sí que romperán son tus prejuicios. Un espectáculo musical fantástico.

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