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Micrófonos y corazones abiertos en La Casa Vieja

La acústica de La Casa Vieja vibra con humanidad, poesía y catarsis. Acompáñanos y abre el alma durante su sesión de micro abierto.

ASÍ PASÓ

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Hace mucho, mucho tiempo que no me acerco a una sesión de micrófonos abiertos. Solía hacerlo para mostrar mi música, para beber de otros. Y, ¿por qué negarlo? Para sentir que, a veces, mi obra era mejor que la suya. Pero el pasado viernes 30 de noviembre, algo dentro del pequeño creador que hay en mí cambió. ¿La razón? Fui a la sesión de micro libre de La Casa Vieja.

EL DELIRIO DEL CALOR HUMANO

Toco el botón disfrazado de La Casa Vieja a las siete de la tarde. Tras donar un euro para el centro, tanteo las distancias con la madera antigua y el calor atrapado del almacén. Y antes de que me atrape, noto el ruido. Es un ruido humano, alejado de sí mismo.

Aquí los pensamientos cobran distancia y la humanidad se acerca lenta a las bocas de los presentes. Es culpa de nadie y nada: del ladrillo jubilado, de las velas desperdigadas; de las luces en tonos crema.

El calor que emite la estufa se funde con los punteos de una guitarra a medias. Una armónica la acompaña con timidez enamoradiza, vigilada por atentos oídos. Es una cita voyeurista, donde lo privado y lo público convergen; atraídos por su polaridad.

LCV MA 1

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La música habla por ellos. El punteo, el ritmo deshilachado en el pie derecho, el dedo índice golpeando rítmicamente la mano contraria. Es un diálogo primal, una herencia del lenguaje más antiguo de nuestro mundo: fuego, percusión y latido. Y cuando se pide silencio, el silencio se hace y el micrófono clipea una señal.

CATARSIS, CABALLOS Y SILENCIO

Un chico llamado Fran Sánchez inaugura el micrófono con un texto de su blog titulado “Silencio y Verdad”. La obra gira en torno a recordarnos que estamos vivos; que seguimos aquí. Silencio y verdad es admirar las flores y saber que algun día quedarán marchitas, recita Fran. Es un vitalismo realista: aceptar la belleza de un cronómetro que corre contra sí mismo.

Fran, visiblemente emocionado, releva la palestra a Guille y el Duende Josele, un duo de poetas. Nunca he visto este formato: estoy acostumbrado a que los poetas requieran atención individual. Tras una breve presentación, Josele recita uno de sus poemas más nuevos, Un caballo blanco.

Josele tiene la lírica, pero su duende se desboca por su voz. Su presencia oral y dicción son sobresalientes, y crean imágenes mentales a través del volumen. Una catarata de aplausos reciben a ambos, y Guille coge el testigo de su compañero. Voz rasgada y poemas más cortos, pero igualmente intensos y coloquiales a ratos. El dúo se complementa a la perfección.

Hay muchos y muchas más. Sergio sube la guitarra al escenario y se arranca por temas aflamencados y callejeros. Casto utiliza una guitarra para tocar un piano, un arpa, y más a través de las cuerdas. Clara habla con sus monstruos de sus monstruos haciendo que cerremos los ojos.

Fue humano. Fue cercano.  Todo lo que existía e importaba se midió en conversaciones rotas por una guitarra a medio tejer. Por el calor del brasero, y el murmullo de mis semejantes. Porque el silencio del público dijo más que cualquier palabra. E, irónicamente, lo hizo en un micro abierto, en La Casa Vieja.

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