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‘Padres Putativos’: el fin del mundo está cerca… especialmente para padres y maestros

Visitamos por primera vez Ea! Teatro para disfrutar de ‘Padres Putativos’, una divertidísima sátira escrita por Arturo Tendero

ASÍ PASÓEn portada

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Un hombre y una mujer entran en una habitación. Sus caras están ocupadas por dos máscaras de gas. Mantienen un diálogo extraño: ‘programación’, ‘configurar’, o ‘infancia ficticia’ son algunos de los términos que más se repiten. Y al fondo de la habitación, una mujer aguarda… ¿dormida? Esto es lo que nos plantea ‘Padres Putativos’, una obra de teatro de Arturo Tendero. Representada ayer a las 21:00 en Ea! Teatro, ‘Padres Putativos’ es una sátira a la enseñanza, la familia, y el sistema en general; especialmente el educativo. Que el fin del mundo nos pille confesados, porque como nos pille en clase… vamos listos.

¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON PADRES?

Una melodía de flautas discordantes asciende hasta alcanzar la molestia sonora de la estática. Cuando termina, dos personas entran en una habitación a oscuras. Llevan máscaras de gas. Al quitárselas, encontramos a una pareja de mediana edad, hombre y mujer. Ellos son Matilde y Ernesto, dos de los protagonistas principales de Padres Putativos.

Se deja entrever que ambos son formadores educativos; algo que se confirma con el paso del tiempo. Pero sus personalidades no podrían ser más opuestas. Matilde es un frío cerebro burócrata que relega cualquier decisión a la ‘programación’. Ernesto, por el contrario, es un corazón pensante que cuestiona cada paso del proceso de educar.

Al principio de la representación es difícil saber qué está ocurriendo exactamente. ‘Padres Putativos’ no juega con las bases de la narrativa tradicional. En lugar de situar al espectador en un tiempo y espacio determinados, ‘Padres Putativos’ construye un universo a golpe de frase suelta. Un comentario de Maite, una queja general de Ernesto… y voilá, sabemos que algo ha ocurrido con la humanidad, pero no lo tenemos claro.

No es necesario configurar un universo concreto  en el teatro“, me contará después Arturo Tendero, profesor de instituto y escritor de la obra. “Cormac Mccarthy nunca cuenta qué desastre ha originado el universo de La Carretera. Pero eso no impide que el lector entienda cuál es la situación. Además, esto ayuda a que la atención se focalize en el diálogo, porque ahí residen las pistas del contexto“, afirma Tendero.

Pero… ¿a quién o qué van a programar Ernesto y Matilde? Pues a nada menos que a un androide. Por lo que se deja entrever, la humanidad se ha vuelto estéril. Y los pocos humanos que quedan relegan los trabajos en robots humanoides. Pero a fin de que estos robots crean que son personas, es necesario programarlos.

“Cada programación será impartida”, lee Matilde, “por dos tutores, hombre y mujer, durante un período de siete días”. “De forma”, prosigue con tono monótono, “que la crianza viva una adolescencia comprimida“. Es así cómo, después de muchos desacuerdos, ambos deciden activar al robot, de nombre Filomena. Y todo cambia a partir de aquí.

UNA BRUTAL SÁTIRA DE LA EDUCACIÓN, LA FAMILIA Y EL TRABAJO

La aparición de Filomena cambia completamente la dinámica entre personajes. El carácter frío de Matilde y los sueños de Ernesto chocan con la curiosidad natural de Filomena; una niña robot en el cuerpo de una mujer. Y aunque la androide crece deprisa, las circunstancias cambian… y el trabajo de los tutores se complica más de la cuenta.

La función juega a medio camino entre la sátira y la crítica. La pluma de Tendero redacta con dolorosa precisión los cuentos cotidianos del hogar y el aula. “Por las mañanas, Filomena dará Matemáticas, Lengua, Geografía e Inglés”, golpea Matilde. “¿Y cuándo va a pensar? ¿Y la Filosofía, la Música, las lenguas muertas?”, le devuelve Ernesto. “Ya tendrá tiempo para eso cuando sea mayor“, replica Matilde.

Tendero firma con sangre en todas las contradicciones abiertas del día a día. ¿Educamos para pensar, para ser felices, o para trabajar? ¿Qué ocurre cuando un padre es creyente y el otro no? ¿Priorizamos la formación de nuestros hijos… o su desarrollo como personas?

“Llevo muchos años enseñando, así que es normal que tenga ciertas opiniones sobre la educación”, ríe Arturo. “Y aún así… el teatro no busca opinar, busca sacudir; cabrearte, reírte, o pensar“, sentencia alegre. Y Tendero lo consigue. Porque muestra todas las punzadas de divergencia de nuestro día a día. Porque su mundo futuro, su distopía de robots y matemática de carne bien podría ser nuestro presente.

El trabajo en directo es maravilloso. Los personajes tienen carácter y autenticidad, y no salen del papel ni con espátula. Ea! Teatro apenas precisa de un pequeño escenario para contar grandes historias, y el reparto juega en una liga muy profesional. La tensión es palpable entre personajes, las inflexiones de voz están medidas y el desarrollo de la obra es natural.

‘Padres Putativos’ es una obra que merece la pena porque ayuda a pensar. Ayuda a pensar en qué significa ser padres; que es más menos ser maestros con mayor responsabilidad. Ayuda a pensar en por qué educamos a nuestros hijos como lo hacemos, en qué proyectamos en ellos, en quiénes somos nosotros.

Lo que la obra de Tendero enseña es que no necesitamos un apocalipsis: el fin del mundo ya está aquí. Ocurre cada vez que negamos un elemento artístico en hijos y alumnos. Ocurre cada vez que pensamos en ellos como herramientas de producción para perpetuar el mercado. Ocurre cada vez que formamos con la óptica de la supervivencia económica, y no del placer de la cultura.

Pero Tendero sabe que esto debe de explicarse a través de la paradoja, de la contradicción satírica. Y por ello nos sitúa en una Tierra desolada, aunque no más que la perspectiva de sus personajes. Y nos golpea con puño de ironía, una y otra vez, sobre todos los defectos de familia y formación. Nos machaca con la misma intensidad con la que lo hace el sistema al que critica. Y eso es increíble. ‘Padres Putativos’, Ea! Teatro. Sencillamente, hay que ir a verla.

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