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‘Poesía viva’ con Basilio Sánchez: intimidades compartidas encontrándose en el contraplano del Teatro Circo

Nos encontramos en ese lugar seguro y mágico que crea la poesía, disfrutando de los versos del poeta Basilio Sánchez en el Teatro Circo como parte del ciclo ‘Poesía Viva’.

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Las palabras son tremendamente poderosas. No son otra cosa que el instrumento que nos permite entender el mundo. Nos permiten hacer referencia a él, definirlo, describirlo, pensarlo. Expresarlo. Las palabras son vida y, la poesía una herramienta para entenderla, desgranarla y asimilarla, para comprender la intimidad de una persona ajena a ti, implicarte y hacer tuya su visión del mundo. Sus palabras se convierten en las tuyas, solo que a través de otra boca o de otra pluma. Descubres, gracias al verso, ideas que ni tan siquiera sabías que rondaban tu cabeza, pensamientos propios encontrados gracias a la voz de otro.

Este lunes, como parte del ciclo Poesía Viva que tiene lugar anualmente en el Teatro Circo, el poeta cacereño Basilio Sánchez se convirtió en esa voz que, los que allí estábamos, tal vez no sabíamos que teníamos. Él fue el cuarto y último autor en exponer sus poemas en el ciclo de este año, que ha tenido lugar gracias al apoyo de entidades como Popular Libros y Cultural Albacete.

Y el escenario -esta vez, en sentido literal- del evento no puede ser más adecuado. Los allí reunidos estamos sobre el propio escenario del Teatro Circo. Desde ahí, sobre las tablas, parece aún más evidente que nunca que la poesía es cosa de dos: el poeta y el lector. La poesía como mensaje no tiene sentido hasta que el propio lector la hace también suya, la descubre, se descubre. Y, además, en esta ocasión, nos descubrimos en el contraplano, con una vista totalmente diferente del teatro a la que estamos acostumbrados (y quien sabe si también una vista diferente de nosotros mismos).

BASILIO SÁNCHEZ, NATURALEZA COMO “YO POÉTICO” Y VERSOS AL RALENTÍ

Basilio Sánchez transmite serenidad desde la primera sílaba que sale por su boca. Está aquí para darnos algunas claves de su poesía, pero también para hacernos disfrutar de lo que nosotros mismos tenemos dentro, esperando a ser descubierto. Y va a hacerlo con un estilo que tiene la mirada siempre puesta en la naturaleza, y que la utiliza como “yo poético”, como imagen de sus propios sentimientos.

Su estilo es limpio, firme y medido. Una poesía segura pero también calmada en su proceso creativo, pausada, de tempo lento. “Mi escritura es muy fragmentaria, el elemento poético para mí es la idea desarrollada en forma de imagen plástica que se expresa en tres o cuatro versos. Mis poemas no tienen título porque surgen como notas, como reflexiones, como meditaciones aisladas. Nacen día a día por esa relación aislada entre el poeta y el mundo en el que vivimos”, explica. Unos versos al ralentí, que no tienen prisa por nacer pero que, al hacerlo, profundizan en la visión humanista del autor y en la nuestra propia aunque sin saberlo. Los títulos de algunas de sus obras son muestra de ello: ‘La mirada apacible’, ‘Cristalizaciones’, ‘Las estaciones lentas’, ‘Esperando las noticias del agua’…

Tampoco tuvo prisa hace algo más de 35 años, cuando decidió empezar a hacer poesía. “Yo empecé a escribir relativamente tarde, a los 23 o 24 años, que es la edad a la que los jóvenes que escriben poesía suelen dejar de hacerlo”. Con A este lado del alba, su primer libro, ganó un Accésit del premio Adonáis, hecho que en sus propias palabras le hizo “verse obligado” a continuar escribiendo versos.

No hubo urgencia, de igual manera, para el segundo libro. “Tuvieron que pasar casi 10 años para que apareciera, en 1993, Los bosques interiores”, concreta. Y precisamente esa lentitud le permitió ir conociendo y asimilando nuevos autores más allá de los que le influyeron en sus inicios (Vicente Aleixandre, Claudio Rodríguez, Pablo Neruda, Walt Whitman, Miguel Hernández), pero también le hizo posible conocerse a sí mismo como poeta, definirse. “Fui encauzando mi sensibilidad y afinando varias octavas más abajo el tono definitivo de mi poesía”. Desde entonces, y con su marcha al ralentí pero imparable, ya lleva un total de 11 libros publicados.

 

LA POESÍA COMO UNA FORMA DE “DECIR Y DE VIVIR EN EL TIEMPO”

Cuando habla sobre su obra como un todo, parafrasea a Eduardo Chirinos. “Concibo mis libros de poesía como planetas solitarios girando cada uno alrededor de su propio eje pero sometidos todos a unas mismas leyes de movimiento, a un orden cosmológico superior que no es otro que la idea que yo tengo de la poesía”. Así pues, según él, la poesía es una forma de registrar y de poner en relación la vida de uno mismo con el mundo que nos rodea tal y cómo el poeta consigue percibirlo a través de las diferentes fases o etapas por las que va pasando.

Y su última obra, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es eso: un “diario del espíritu”. A modo de cuaderno de notas con reflexiones espontáneas generalmente y otras veces algo más meditadas, podemos entender cómo ve el autor el mundo, su mundo.

Entre esas reflexiones, Sánchez destaca una en su introducción: “la precupación de que el positivismo deshumanizado -y la transformación de los valores que ha llevado consigo- nos ha dejado en herencia una sociedad más pulcra en lo material pero enormemente pobre en lo espiritual. Una forma de vida en que la riqueza, comodidad y complacencia hedonista se han acabado pagando, como decía Tolstói, con solidez moral”, detalla.

Pero, precisamente, la poesía es una herramienta de lucha contra esta “sequía ética”. “La resistencia activa de carácter moral es lo único que nos puede ayudar a superar las inclemencias de una época que en muchos de sus aspectos esenciales para mí adolece de inanición y de sequía”, explica Sánchez. La poesía, por tanto, debe crear territorios morales, espacios para “convivir entre nosotros y con las cosas que nos rodean, en los que refugiarnos y poder sobrevivir de alguna manera al agotamiento y al desengaño de nuestra época”.

Disfrutando de las palabras hechas verso, de la naturaleza como imagen plástica de las ideas y del propio mundo, nos convertimos durante un rato en Sánchez. O él se convierte en nosotros. Si algo es cierto es que algo hace ‘clic’, las mentes se conectan. Nosotros, en ese mágico contraplano; fuera, anocheciendo. Estamos en un territorio moral, seguro. Y disfrutando de la poesía confiada, como dice Sánchez en sus propios versos, “del que sabe que no hay nada más hermoso que dejarse convencer por la noche de que todo es eterno”.

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