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‘Queili’: un cuento sobre el arte de tener mucho cuento

Érase una vez una Casa Vieja que acogía a narradores una vez al mes para practicar el ‘cèilidh’, una curiosa forma de contar cuentos…

ASÍ PASÓ

Escrito por:

Redacción: Jorge Coloma Puga | Fotografía: Elena Martínez Velasco


Érase una vez el cèilidhPara los que no lo sepan, el cèilidh forma parte del folklore escocés-irlandés. Y es una palabra que, sencillamente, designa una reunión social. En esa reunión se baila y se toca música Gaélica del folkore tradicional. Pero, originalmente, el cèilidh era una reunión para contar historias: cuentos, poemas y canciones. Una reunión para discutir y disfrutar de asuntos literarios.

Y había una vez un cuentacuentos llamado Pablo Albo, que pasó tres meses en Escocia y decidió meter esta tradición en su maleta. Ahora, una vez al mes, un círculo de narradores completamente dispares entre sí se reúnen en La Casa Vieja para contar historias. Y dos periodistas acuden como visitantes del círculo…

LAS REGLAS DEL CUENTACUENTOS

Los periodistas cruzaron las puertas de madera de La Casa Vieja y se encontraron con un variopinto grupo de personas. Hombres y mujeres de diversas edades y procedencias se sentaban en un círculo, sin impaciencia, pero expectantes.

Un hombre se levantó. Se llamaba Pablo Albo, y había traído consigo las reglas del ‘queili’, la versión castellanomanchega del cèilidh. Tras saludar a todo el mundo, Pablo procedió a explicar las normas.

-El queili-, dijo Pablo, -da ocho minutos por persona para contar una historia. Se aceptan cuentos, poesías, canciones y formatos que tengan narrativa. Eso sí-, dijo muy serio el cuentacuentos,-que no tengan carga política. Aquí venimos a disfrutar de la narración, no a iniciar mitines.

Había otras dos últimas reglas esperando: mantener la atención durante la narración y dar las gracias al final de la historia. Al margen de eso, cualquier persona podía participar cuando quisiese, siempre que esperase hasta que llegase su turno…

-Esto no es una competición-, aclaró Albo. – Aquí ganamos todos por el hecho de poder escuchar historias-.

Y así, Pablo, hilo conductor de un ovillo de conductores de palabras, empezó a relatar la historia más vieja del mundo: la Odisea.

Los periodistas se miraron sorprendidos. !El narrador utilizaba el humor para contar su historia¡ Se movía entre registros formales e informales como un pez en el agua. Albos hacía que Ulises bailase entre ser un héroe griego… y un amigo con el que ir de cañas.

-Me estáis mirando muy raro, eh- dijo Pablo, arrancando las risas contenidas del resto del círculo.

Los periodistas tomaron nota en silencio: no era una narración habitual. El cliché del silencio crepitando junto a los oídos atentos, del dramatismo de la narración clásica, había desaparecido.  Pablo provocaba disgresiones continuamente, rompía el muro que le separaba de los oyentes, y alteraba el tempo de la Odisea como si de un capricho se tratase.

UNA CASCARUJA Y UN HADA

Al terminar, una mujer tomo el relevo de Pablo. Y con voz divertida y seria, dijo:

-La siguiente historia se produce en la comarca de la Cascaruja, en un pueblo llamado Nopal de la Urraca-, narró con voz intensa. –Ese pueblo fue fundado por nómadas de México, y la historia gira en torno a un trato para llevar a colonos mexicana a Castilla La Mancha…-

Los periodistas tomaron nota. “Es un formato divertido y concentrado“, pensaron. Está narración se hace en La Casa Vieja, pero se podría grabar un vídeo en Youtube sobre la misma historia. O una storie en Instagram. “Se combina la forma de narración tradicional con historias contadas sin ningún atisbo de gravedad”, escribieron.

“Y más que énfasis en la voz del narrador”, continuaron, “en la gravedad del tono y timbre, el protagonista es el contexto“. “Las onomatopeyas, los giros estrambóticos de la historia… y que las sonrisas y la comicidad acompañan a cada palabra”.

Y aunque los periodistas trataban de esconder sus risas, como una mancha en el mantel, les fue imposible contenerlas. Las carcajadas de todo el círculo acompañaban a la historia como si hubiesen formado parte de ella desde el principio.

La historia de la Cascaruja terminó para dar pie al cuento “El hada y el manantial”. !Pero esta vez, la narradora se había traido a un guitarrista y una violinista para acompañar sus palabras¡

“La guitarra”, pensaron los periodistas, “proporciona un fondo colorido que evoca las imágenes fantásticas del relato”. “Pero el violín”, concluyeron los dos, “se encarga de alzar y rebajar los picos y valles de humor y tensión de la historia“.

El contraste era magnífico. El tono de la narradora fue completamente informal, pero la música convirtió una historia completamente loca en un relato mágico lleno de humor. “Estos narradores”, pensaron los reporteros, “se toman tan en serio sus bromas que no se pueden tomar en serio”.

Pero como ese día solo dos personas se animaron a contar sus historias, Pablo cierra la sesión con la historia del pueblo de Malamata. Un cuento sobre cómo el alcalde anunció que el pueblo iba a tener electricidad. Aquí, el círculo de cuervos hace las veces de pueblo, jaleando las decisiones del alcalde.

Y cuando esta historia termina, llega el momento de despedirse hasta la siguiente ocasión. Y los narradores lo hacen cantando la canción tradicional del cèilidh: The Night is Young.

Los periodistas abandonaron La Casa Vieja felices, y con el alma llena hasta la bandera. Porque ahora sabían que, una vez al mes, un variopinto grupo de narradores se reunían para tomar sus bromas muy en serio. Para contar pequeñas historias que dejaban ver todo lo grande que había en ellos. Para disfrutar del placer más antiguo del mundo: recrearse en los recovecos de la imaginación de otra persona. Y así, este cuento se ha acabado.

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