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Rubén Pozo y Lichis: “Nos estamos jugando la vida”

Entrevistamos a las leyendas del rock español Rubén Pozo y Lichis, que recitaron el sábado en el centro social autogestionado La Casa Vieja

ASÍ PASÓ

Escrito por:

Redacción: Jorge Coloma Puga | Fotografía: Paula Tárraga Sánchez


Ya hemos hablado en diversas ocasiones de los eventos y la atmósfera del centro social autogestionado La Casa Vieja. Pero el pasado sábado 2 de febrero a las 20:30 horas, el local adquirió una tonalidad desconocida. Un ambiente de silencio, nerviosismo y expectación ante la inminente llegada de unos invitados que habían reservado ‘Mesa para Dos‘. Rubén Pozo y Lichis, ex-componentes de Pereza y La Cabra Mecánica, tomaban asiento y abrían el menú. Frente a ellos, noventa ojos voyeurs devoraban el silencio como entrante, inquietos por el plato principal.

TÚ Y YO, HOMBRES ORQUESTA

Para que decir algo, ya han dicho todo perfectamente“, sonríen los dos hombres ante la presentación de La Casa Vieja. Arropados por un tambor, seis guitarras y diversos acompañamientos, este ejército dual inicia su aventura con el blues de Habrá que vivir.

Más tarde, hablaremos con Rubén y Lichis para saber qué es “Mesa para Dos”. “En esta profesión, es fácil que hoy cenes en un restaurante de lujo y mañana, en un kebab“, narra Lichis. “El grueso de nuestro trabajo es estar arriba y abajo: hoy, un festival. Mañana, un club o un local pequeño“.

“Mesa para Dos es el título que le dimos a partir de la canción homónima que creamos”, prosigue Rubén. “Y aunque este show ha sido un formato acústico, que es más fácil moverlo, también tenemos el show con banda“, especifica.

Hay una leyenda sobre los músicos curtidos, acerca de cómo sus personalidades cambian al bajar de la palestra. Pero Lichis y Rubén se muestran igual en el cara a cara que en el escenario: introvertidamente abiertos, extraordinariamente cercanosSiempre hay alguien más jodido que tú en la próxima esquina del mundo, susurra Lichis frente al público.

Esta mesa tiene un menú degustación bien diferenciado. Los hidratos de Rubén cargan de energía al público a base de rock y blues. Siguen sonando a un hombre sumergido en cuero, cigarrillo en los labios, cantándole una nana de rebeldía al desierto.

Lichis, por su parte, añade capas de emoción, intimismo y confesiones forzadas a uno mismo. Las cuerdas de su guitarra danzan dejando entrever secretos atenuados. La combinación es magnífica: es una carta que sabe a regalo. El sonido hace pensar en cómo son capaces de sonar así con apenas dos acústicas.

LA ADMIRACIÓN Y LA INSPIRACIÓN

Las relaciones entre los músicos son muy curiosas. Nos vemos a horas intempestivas en lugares poco recomendables, o en festis antes de salir a tocar…”, explica Lichis. “La idea surge de escuchar los temas de Rubén: en un determinado momento, él estaba cantando mi historia“, dice hacia su compañero.

“Cuando estás tú solo, eres el único que recibe las flores y soporta las bofetadas del mundo”, prosigue Rubén. “Es muy distinto al estar con alguien. Te relaja muchísimo, no subes al escenario tenso. Estamos disfrutando muchísimo con esto“, afirma Pozo.

Y no lo dice en balde. Lichis y Rubén son tremendamente cercanos, y no dudan en vacilar al público e irse por las ramas entre cambio y cambio de guitarra. “Soy un gris heterosexual, espero no ofender a  ningún colectivo. Esto, por cierto, viene a cuento porque tengo que afinar mi guitarra. Se llama Mari Carmen“, arranca carcajadas Lichis desde el escenario.

Desde criticar los libros de autoayuda a corear al público, pasando por hablar de aspectos más personales. Pero, ante todo, agradecidos. Agradecidos, y llenos de amor por el silencio ensordecedor que genera el deleite de La Casa Vieja. Un silencio que se mantuvo firme en su atención durante más de hora y media, tiempo en el que los músicos cantaron más de veinte temas.

TE VA A COSTAR VOLVER A QUERERTE

“Es genial poder componer a su lado”, dice cada uno de los músicos del otro. “Presentamos bocetos, hablamos sobre nuestras ideas… casi no hay presencia del ego del músico“, ríen a corriente. “Tarde o temprano cogerá la forma de un disco, ya lo tenemos apalabrado. Queremos tirar un poco de sonido antiguo, como grabar todos con pocos micros, pero es un poco prematuro decir nada”, afirman.

“A mí, esto me ayuda. A reconciliarme con el oficio, a encontrar inspiración, a quitarme cosas negativas de encima. A disfrutar, que es a lo que hemos venido”, aclara Lichis. “Creo que el público nota que hay algo sincero aquí, que hay algo con buena energía”.

Yo no quiero salir de la zona de comfort con Lichis“, ríe Rubén. “La música es compartir: tener empatía y asertividad, y jugar. Nos estamos jugando la vida, al final“, dice entre broma y realidad. “Pero sabes…”, dice Rubén súbitamente. “A veces, nuestros pasados son muy grandes, tío“.

“Tienes como cierta responsabilidad de cara a quién has sido, ¿no? Pero yo me junto con Lichis y me olvido del pasado“, sentencia Pozo. “Sé que para el público es importante, y ayuda a vender tickets, pero a veces es una losa. A veces, querrías volver a sacar el primer disco“, explica serio. “En ocasiones, molaría poder reiniciar“.

Tal vez sólo necesites a un amigo, a un camarada para volver a empezar. En una mesa con vistas al público, pero donde tus ojos no se aparten del comensal que hay al otro lado del mundo. Donde el menú se devora sin prejuicios, y las sombras no se proyectan tan largas como lo hace la luz. Hay una flor pidiendo crecer en una mesa para dos músicos, que entienden que las semillas serán pétalos marchitos algún día. Pero, hasta que lo sean, Rubén Pozo y Lichis han venido a jugarse la vida que le insuflan a su música.

 

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