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Suicide Generation, una escopeta de ‘garage rock’

Crónica del concierto del grupo Suicide Generation en La Cachorra Yeyé el domingo 21 de octubre.

ASÍ PASÓ

Escrito por:

FOTOGRAFÍAS POR LA CACHORRA YEYÉ.

Haciendo un ejercicio teórico, un show musical podría compararse a un arma. Los hay con cadencia de fuego constante y equilibrada: un directo donde lo principal es la continuidad y ningún tema sobresale por encima del resto. Los hay con un ritmo más lento, más espaciado. En estos, se juega con el silencio y cada tema se hace de rogar.

Y, por último, está el directo de los británicos Suicide Generation. Este sería el símil de entrar a un pub de rock con una escopeta, vaciar el cargador, e irse del local justo cuando alguien quiere preguntar qué coño ha pasado en los últimos tres segundos, en medio de un silencio un tanto incómodo.

 

UNA CACHORRA Y UNOS SUICIDAS

Volvamos atrás en el tiempo. Son las ocho de la tarde de un domingo 21 de Octubre. Acaricio por primera vez el nuevo rostro de La Cachorra Yeyé, en la Calle del Tinte. No voy a mentiros: un ligero desamor me recorre el cuerpo al cruzar la puerta de mi antiguo Heartbreak. Sus cervezas de importación sirvieron como excusa para hacer catas nocturnas que alargué hasta la mañana del día siguiente durante años.

La madera estilo western de televisión autonómica un domingo a las 16:00 ha mudado su corteza. Un nuevo ambiente fresco y mate anuncia que esta cachorra quiere que la gente se acerque a jugar con ella. Y hoy ladra con alegría, anunciando la llegada de tres londinenses que van a pedirle al público que haga de todo menos el muerto: Suicide Generation.

Jóvenes chaquetas moteras de cuero y crestas con jabón de lagarto se acumulan y diluyen con naturalidad en la barra de la Cachorra, entre camisas y cinturones cuarentones que no resaltan tanto. La máquina de humo ultima su preparación lanzando nubes, y la batería, guitarras y altavoces internos esperan a sus músicos.

Las cañas se deslizan sobre el nuevo lomo de la Cachorra como lo haría una caricia, y a las ocho y media su cola se empieza a mover, inquieta, cuando sus cuatro nuevos dueños temporales suben a la palestra.

AL ROCK AND ROLL NO LE IMPORTA TU OPINIÓN

Suicide Generation no es un grupo al uso. Entran sin presentación, o mejor dicho, con la presentación más obvia de todas: un riff, un grito y una caja. Todo a la vez. Su primer tema empieza de golpe, como una declaración de intenciones. No hay modales. No hay una interacción tímida con el público. Es rock&roll del viejo, del tipo que cree que el término “respeto” no se aplica a esta música.

Concierto de Suicide Generation

Concierto de Suicide Generation

Su vocalista, Sebastian Melmoth, grita con la fuerza de un cantante de hard-metal, y actúa de forma flamboyante y seductora. Entre agudo y agudo, lame el micrófono y adopta diversas poses sexuales. Y me cae bien. Me cae bien porque tiene la coreografía aprendida, un mensaje claro y un propósito sin dobles intenciones: “esto es Suicide Generations”, dice. “Si no te gusta, vete a otro sitio”.

La guitarra de Vince Suicide y la batería de Mike del Forno son sucias, distorsionadas y bestiales, y acompañan a Melmoth como lo hace el ajoli sobre una tostada: de forma viscosa y extrañamente deliciosa. Mención especial a Gema Germen, de la formación Putilatex, que acompaña a estos suicidas como bajista.

Es adrenalina en forma de música: intensa y corta.

Pienso en el grupo Jet al verles, pero reculo cuando me doy cuenta de la falta de limpieza de la banda. Suicide Generation podría ser el resultado de intentar montar un coche desde cero con los restos de un taller. Hay un poco de todo, un poco de nada, pero es un coche. Y si no te gusta, hay otros.

UN SILENCIO LLENO DE RUIDO

Los temas se suceden de forma prácticamente ininterrumpida. Esta banda no conoce el silencio durante el show. Incluso convierten los fallos de microfonía en una introducción para sus propios temas, que apenas superan los dos minutos y medio. Es adrenalina en forma de música: intensa y corta. El show se cierra de forma inesperada tras apenas una hora de concierto, y la banda se baja del escenario mientras el público le grita al vocalista “Enseña la chorra”, de forma totalmente aleatoria e inesperada.

Y termina. Como una escopeta en mitad de un pub. Como tu familiar llegando completamente ciego a la comida de Navidad que preside tu abuela la beata. Como un amigo tuyo diciendo que a su chica no le baja.

Suicide Generation es una aglomeración de gritos en forma de cartuchos melódicos. Cada perdigón de épocas pasadas se mezcla con otros, ofreciendo una música que bebe no de su padre y de su madre, sino de toda su familia. Y, automáticamente después, se pelea con ella a hostia limpia. Y ahí estoy yo, en el silencio post-escopeta, preguntándome qué he visto. Rock and roll. Supongo.

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