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Whale Nado: el lenguaje de la música vive en el Teatro Circo

El pasado sábado, la bóveda estrellada del Teatro Circo hizo rebotar el rock instrumental de los albaceteños Whale Nado. Charlamos con ellos

ASÍ PASÓEn portada

Escrito por:

Redacción: Jorge Coloma Puga. Fotografía: Elena Martínez Velasco


El post-rock es un género musical lleno de riqueza, complejidad y fuentes. Parte de la idea de utilizar los mismos instrumentos que el rock tradicional. Y aterriza en la conclusión de alterar ritmos, melodías y timbres para evitar ese mismo carácter. Eso es lo que quedó claro el pasado sábado tras el concierto de los albaceteños Whale Nado. Enmarcados en el “Vortex Tour” del grupo Toundra gracias a El Hombre Music, Whale Nado ofreció una actuación de catarsis musical en el Teatro Circo. Un ascenso continuo junto a una prolongada caída hacia los sonidos más emocionales de la música. Acompáñanos en este viaje de melodías… y palabras no articuladas.

TODAS NUESTRAS NOTAS

Tenemos la oportunidad de hablar con las tres ballenas antes de su actuación. Javier, Joaquín y Jesús son el trío de, respectivamente, batería, bajo y rítmica de esta formación. Tres hombres y un ejército de sonidos por cada uno de ellos. “Javier y yo empezamos a tocar en 2015”, explica Jesús. “Más tarde, se unió Joaquín. Verdaderamente, él ha sido el pegamento de Whale Nado“.

Los tres vienen de mundos completamente distintos. Sus herencias provienen del heavy metal, el hardcore, punk rock, instrumental… “Al final, se juntaron las estrellas y salió esto. Tienes una idea, te juntas en el local, tienes una cerveza a mano…”, ríe Javier.

Al cabo de un rato, Whale Nado comienza su actuación con un órgano fantasmagórico que sumerge al público lentamente. Le acompañan punteos sintéticos de carácter onírico, que bailan en torno a la melodía del órgano. Esto es post-rock, o rock instrumental. “Da igual como lo llames”, sentencia Javier. “El rollo es más menos coger el 2×4 del rock, e investigar lo que quieras”.

Y entonces llega la guitarra, de la nada, del silencio entre preámbulo y espectáculo. Una guitarra que vibra y resuena con fuerza en la bóveda del Teatro Circo. Una batería cuyas vibraciones no se escuchan;  se perciben en la caja torácica. “Como suele ocurrir con muchos términos, ha ido mutando”, afirma Jesús. “A finales de los 80 ya había bandas de post-rock. Después tenemos la ola de Mogwai y su segunda horneada, que es la que conocemos nosotros”.

Y así, sin voz, los chicos de Whale Nado juegan a componer una melodía de catarsis infinita. Que, como ellos mismos señalan, “empieza lento y asciende deprisa”.  Que asciende y desciende en una montaña rusa continua… sin palabras. “O sin muchas palabras. No se trata de no utilizar la voz en todas tus canciones; sino en dosificar su presencia“, detalla Javier. “Al fin y al cabo, esta música mola por cómo te permite investigar en melodías; no en letras”.

Bajo, guitarra rítmica y solista se alternan como protagonistas; dueños y maestros de la canción. Esa es la voz de Whale Nado: las palabras que salen de sus instrumentos. Un lenguaje de pureza matemática; de sonido esterilizado de palabras. “O bien partimos de una idea predeterminada… o surge sobre la marcha”, ríe Jesús. “Estábamos ensayando y de repente este (Jesús) encontró un riff, tiramos para adelante… y ya estaba”, admite Javier.

Entre otras muchas formas, esta fue la manera de hacer que EP5 (2016) viese la luz. “Queríamos grabar. Necesitábamos grabar algo y empezar a ir para arriba. Después de idas y venidas, conseguimos que un amigo nuestro participase como bajista. Joaquín vino después, directo para The Original Wave and the Small Riot (2018)“, explica Jesús.

La luz se hace cuando la ballena vuelve a por su segundo tema. Que, en este caso, sustituye una catarsis lenta por un imparable frenesí de rock. Un torbellino que rezuma éxtasis en cada una de sus notas. Y que no cogerá aire en ningún momento a lo largo de su actuación.

“TE LO DEVUELVO EN MI SONIDO”

Hay una terrible fortaleza en Whale Nado. Todos sus temas pueden ubicarse dentro del espectro del rock instrumental. Y, sin embargo, mantienen un sonido general pese a la variedad melódica que lo separa. Lo irónico es que, al mismo tiempo, cada canción suena absolutamente compacta dentro de su idea general.

Es un espectáculo pensar que tan solo hay tres músicos en el escenario. Que solo tres músicos son capaces de generar una melodía tan densa y repleta de matices. Tan rica en influencias y sonidos, pero tan separada de ellas en general.

Las canciones de Whale Nado suenan a lo que sonaría un local de ensayo: a una melodía genuina extirpada de los restos de colillas, cervezas a medio beber y un sofá viejo. A un “toca ese riff otra vez” y un punteo de bajo que está en armonía, pero lejos de la perfección.

Al ensayo y error, ensayo y error. Hasta que ese riff inicial se vuelve un tema por derecho propio, y construye carne, huesos y sentidos sobre sí mismo. En resumen: a música. A la maravillosa, dolorosa, increíble experiencia de crear en conjunto.

Ascienden en volumen e intensidad de manera progresiva y unificada. No hay batería que vuele sin bajo, ni bajo sin rítmica. Las caídas son pronunciadas, y los ascensos prometen victoria absoluta o derrota total. Una apuesta a todo o nada por la voz que extraen de sus callos y muñecas; gargantas enmudecidas y amplificadas.

Y, de la nada, David Sarrion, de Clacowsky sube al escenario. Descalzo y envuelto en un kimono japonés de Grändma, Modelitos Fetén , contemplamos a un mesías-hippie de la música. “La vida por delante”, “volver a ser joven; no volver a ser joven” repite como un mantra; sacerdote espontáneo de una religión con asiento asignado. La muerte es el último argumento de la obra, se despide.

Whale Nado se despide del público con un par de cánticos en su última canción. Apenas espigas de calma en un mar levemente distorsionado y repleto de melodías por explorar. Les seguirán los chicos de Toundra, a los que no pudimos ver por motivos laborales. Pero no cabe duda de que, el pasado sábado, una bandera sin voz ondeó en el Teatro Circo. O mejor dicho: una bandera de música a viva voz. Una bandera que aboga por experimentar, ampliar y enriquecer las bases de un género nacido del mestizaje. La música es un lenguaje que, a veces, va acompañado de palabras. Y, en ocasiones, se acompaña únicamente de sí mismo.

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