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XX Festival Internacional de Guitarra: tensión en los latidos de seis cuerdas

El pasado martes tuvo lugar el tercer concierto del XX Festival Internacional de Guitarra, en el Salón de Plenos del Museo Municipal

ASÍ PASÓEn portada

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Cuarteto Anido: martes 21 de mayo, 20:30

Ensemble Sesquiterza: martes 28 de mayo, 20:30

Masterclass Gerardo Arriaga: miércoles 29 de mayo, 9:00

Museo Municipal. Plaza Altozano, s/n. Salón de Actos

Teléfono: 967 21 03 05

EmailMUSEOAB@amialbacete.com

Un concierto de guitarra española suele ser una experiencia de carácter casi religioso. Hay una enorme tensión y expectación a lo largo de la sala: desde el intérprete…hasta el propio público. El pasado martes, la guitarrista Giulia Ballaré fue la dueña de esta tensión. Se apropió de ella en el XX Festival Internacional de Guitarra de Albacete. Celebrado en el Salón de Actos del Museo Municipal, el festival alcanzó su mediodía en este concierto. Ballaré dio una lección de maestría y dominio sobre su instrumento… en un concierto muy poco convencional.

UNA EXPERIENCIA ÚNICA

Antes de comenzar con el concierto, el coordinador artístico del festival, Pedro Jesús Gómez, presentó a la artista. “Giulia Ballaré es una guitarrista extraordinaria, literalmente”, aclaraba Gómez. “Tiene más treinta premios internacionales en su haber. Y, de hecho, viene directamente desde Milán para tocar este programa de guitarra española“.

En este caso, el programa se dividía en dos partes, sin interrupciones ni descansos para la guitarrista. La primera parte consistió en música española del siglo XX, con origen andaluz, con énfasis en Fernando Sor. Pero la segunda parte versó sobre música contemporánea y vanguardista, algo sobre lo que Ballaré opinaba que “no hay que buscar una interpretación determinada. Busquen sentir: un color, un matiz, un sentimiento…”

Y así, tras un breve repaso a los conciertos que aún quedan por hacerse, Gómez y el Salón de Actos dieron paso a Ballaré bajo una cascada de aplausos. Por desgracia, fue imposible sacar fotos durante el desarrollo de los propios temas. La organización insistió en no distraer a la intérprete con ningún tipo de sonido molesto. Y la realidad es que no podríamos estar más de acuerdo con su decisión.

Guilia Ballaré llega al escenario con reverencias y silencio entre la ovación. Y así, situa la guitarra entre sus muslos y comienza a interpretar. Su mano derecha genera punteos agudos y precisos como un bisturí; pequeñas gotas de agua en la melodía. Pero es su mano izquierda, en tensión permanente y con ángulos imposibles, la que conduce el mástil con un control absoluto.

A velocidad de vértigo, Ballaré desfila entre acordes y distensión con una ejecución pulida, limpia e irreal. Su rostro es una perfecta muestra de ello: el desarrollo de la melodía se observa en su expresividad facial, llena de matices y muecas.

La intérprete apenas se concede descansos. Tan pronto como termina un tema, se levanta rápidamente, permitiéndose tan solo limpiar el sudor de las cuerdas con una bayeta. Y, de nuevo, entra en un universo de genios al que sólo podemos mirar de lejos. Un universo de ojos cerrados y susurros íntimos al instrumento que la acompaña; al que acuna como si fuese de su sangre.

DEL VIRTUOSISMO A LOS COLORES 

La presentación de Ballaré comienza con Fantasía Sevillana, de J. Turina. Sin caer en un virtuosismo excesivo, en las ganas de demostrar el control absoluto sobre el tema, Ballaré muestra por qué está donde está. Por qué se la invita continuamente a tocar a lo largo y ancho de Europa, y por qué público y prensa la idolatran.

La primera mitad de su concierto prosigue bajo el paraguas de la música española. Fantasía, Sonata para guitarra, Estudios para la guitarra española… Pero es a partir de la segunda mitad donde encontramos a la auténtica Giulia. A una Giulia interesada en generar sensaciones, en obligar a su público a percibir colores en la melodía.

“No traten de encontrar un sentido a estas composiciones. En su defecto, traten de ver colores, de apreciar los matices”, anunciaba en perfecto castellano. Lo hacía inmediatamente antes de lanzarse hacia Phosphenes, de M. Pasieczny. 

Tras este tema era el momento de La Gran Sarabanda, de L. Brouwer. Antes de comenzar, Ballaré advirtió que este tema tenía reminiscencias japonesas. Algo que puede percibirse en las notas sueltas y extendidas, en el eco de determinados acordes frente a un silencio muy rítmico.

Y, por último, y como colofón al concierto, Ballaré cerró su actuación con Capriccio Diabolico, de Mario Castelnuovo-Tedesco. Una obra que, como su nombre indica, es endiablada en términos de ejecución y, sin embargo, resulta celestial para el oyente.

El concierto de Ballaré fue una exhibición de vanguardismo y técnica. La muestra de una artista que conoce las raíces de su especialidad y que, sin embargo, no tiene miedo a dirigirse a lugares más contemporáneos. Al fin y al cabo, esto consiste en interpretar. Por eso, y según las palabras de Pedro Gómez, “cada actuación, cada reproducción es única“.

Las expresiones de Ballaré, su tensa e imposible mano derecha y su delicada muñeca izquierda no se repetirán nunca de la misma forma. Tal vez, por esa razón, sea conveniente acercarse al XX Festival Internacional de Guitarra. Por ver algo que jamás volveremos a ver… y disfrutar de unos artistas capaces de dejarnos maravillados.

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